La inmigración es uno de los problemas más serios a los que se enfrenta Europa.

Muchos inmigrantes vienen de culturas que no comparten nuestros valores de democracia, igualdad, tolerancia, solidaridad y libertad, valores fundamentales para la prosperidad de la sociedad que debemos defender a toda costa.

Son esos mismos valores que debemos defender y que no podemos ignorar ni traicionar los que nos mueven a acoger en asilo a personas perseguidas por sus ideas o a aquellos que huyen de la miseria buscando un futuro digno para sus hijos en una sociedad donde merece la pena vivir.

La mejor manera de defender nuestra cultura a la vez que le hacemos honor acogiendo a quien lo necesita, es favorecer la integración y luchar contra los guetos. Un inmigrante no tiene por qué perder sus señas culturales de identidad de carácter estético o folclórico, pero sin duda debe asumir como propias los valores de la cultura occidental de democracia, igualdad, libertad, tolerancia, solidaridad y fraternidad que son nuestras verdaderas señas identitarias.

Está en juego el futuro de la humanidad, no debemos involucionar ni hacia la teocracia misogina, ni hacia el fascismo xenofobo.

Los valores de occidente deben ser universales, y no hay que tener miedo en defender la necesidad de hacer imperialismo cultural, no de cuestiones superficiales como la estética y el folclore, pero sí de cuestiones profundas como los valores democraticos y humanos.