Resulta difícil ensalzar la violencia en un contexto en el que se venera la democracia y la igualdad.

Lamentablemente, los cada vez más de moda mitos identitarios de oprimidos y opresores están calando hondo en la cultura, erosionado el consenso que ha hecho posible el período de mayor paz y progreso social de toda la historia de la humanidad. La democracia. Pues estos mitos habilitan que a las personas catalogadas como opresoras se les pueda despojar de su humanidad, de toda consideración o empatía y de sus derechos civiles, políticos y humanos.

Paradójicamente, cuando tales mitos postulan que el sacrosanto ideal de derrocar a la opresión justifica cualquier medio, conculcan esa estructura social que ha sido y es la mejor herramienta para combatir la opresión.

Tan importante es la causa de los oprimidos que pueden convertir a toda la sociedad en sus cómplices y víctimas, pues su mito les legítima también para quebrantar la paz social, organizando cazas de brujas en las que se puede perseguir a los pocos que se atrevan a expresar y mantener públicamente una postura crítica.

Cuando los oprimidos identifican a los opresores por características circunstanciales como podrían ser la raza, el género, la orientación sexual, la religión, la ideología, la edad, el idioma, el nivel de estudios, el nivel de ingresos, el origen, o cualquier otro, están discriminando en base a prejuicios. Pero lo más grave es que están resucitando los prejuicios como herramienta ideologicamente aceptable, con la connivencia de todos aquellos que por miedo, ignorancia o estrategia, no denuncian tales prácticas como lo que son: una discriminación basada en prejuicios.

Y todo esto, sustentado solo por argumentos emocionales y subjetivos que no solo no es necesario demostrar, sino que es importante no cuestionar para no ser linchado socialmente.

Lo malo de la prevalencia social de mitos colectivos basados en la exaltación de las emociones y las intersubjetividades como argumentos, es que cualquier chalado puede convertir a un grupo de imbeciles en oprimidos y a darles una causa absurda que podrán perseguir por cualquier medio.

Ya ha sucedido, y volverá a suceder, incluso aunque se levantasen voces críticas esgrimiendo argumentos racionales, porque las masas se mueven por emociones no por razones.

No se puede detener la marea de los sentimientos colectivos, pero al menos tendremos el placer del "te lo dije, gilipollas"